Por Rosbel Toledo
Cada semana, miles de profesoras y profesores entran a un aula, acompañan una práctica clínica, supervisan una actividad comunitaria o se sientan frente a un grupo de estudiantes con una responsabilidad enorme entre las manos: contribuir a formar a quienes mañana cuidarán la salud de nuestras sociedades.
Al mismo tiempo, directoras y directores de escuelas y facultades toman decisiones sobre planes de estudio, campos de práctica, evaluación, tecnologías educativas y formación docente. Y miles de estudiantes de medicina, enfermería, odontología, nutrición, psicología, fisioterapia y de las demás ciencias de la salud intentan aprender en un mundo en el que el conocimiento crece a una velocidad extraordinaria.
A todos ellos estará dirigida esta columna.
A partir de esta semana tendremos aquí una conversación periódica sobre educación en salud. Una conversación para preguntarnos no solamente qué enseñamos, sino cómo aprendemos, para qué formamos y qué profesionales necesitan hoy nuestras comunidades y nuestros sistemas de salud.
Nuestros estudiantes tienen acceso, en segundos, a cantidades de conocimiento que hace apenas unas décadas hubieran requerido horas de biblioteca. La inteligencia artificial está modificando la manera de buscar información, estudiar, resolver problemas e incluso tomar decisiones. Las fronteras tradicionales entre el aula y los escenarios profesionales son cada vez menos claras.
En ese contexto, quizá una de las preguntas educativas más importantes haya cambiado.
Ya no basta preguntar: ¿qué debe saber un estudiante?
Tenemos que preguntarnos también: ¿qué debe ser capaz de hacer con aquello que sabe?
Y todavía más: ¿cómo sabemos que realmente puede hacerlo?, ¿en qué momento debe aprenderlo?, ¿qué experiencias necesita?, ¿qué papel corresponde al docente?, ¿cómo evaluamos el desempeño y no solamente la memoria?, ¿cómo desarrollamos autonomía sin abandonar el acompañamiento?, ¿qué lugar deben ocupar la simulación, la tecnología y la inteligencia artificial?
Revisaremos estrategias de aprendizaje, educación basada en competencias, evaluación, retroalimentación, simulación, razonamiento, práctica deliberada, trabajo interprofesional, diseño curricular, inteligencia artificial y muchas otras herramientas que están transformando la educación contemporánea.
Pero intentaremos mantener siempre una pregunta adicional:
¿Cómo se traduce todo esto en una mejor respuesta a las necesidades de las personas y las comunidades?
Ahí aparece inevitablemente la Atención Primaria de Salud.
La APS nos recuerda algo fundamental para quienes educamos: la salud no comienza cuando una persona entra a un hospital y tampoco termina cuando recibe un tratamiento. Se construye a lo largo de la vida, en las familias, las comunidades, los servicios de salud y en las condiciones sociales y ambientales en las que vivimos.
Por eso, formar profesionales para la salud exige mirar más allá de las fronteras de cada disciplina.
Y esto no corresponde exclusivamente a quienes estudian medicina.
Enfermería, odontología, nutrición, psicología, fisioterapia, rehabilitación, salud pública y las demás profesiones sanitarias aportan perspectivas indispensables. Si esperamos que nuestros egresados colaboren cuando sean profesionales, tendremos que preguntarnos también cuánto les permitimos aprender juntos antes de serlo.
Esta columna tampoco estará dirigida solamente a especialistas en educación.
Quiero que pueda leerla quien dirige una facultad y encuentra sobre su escritorio la difícil decisión de modificar un plan de estudios; quien prepara mañana su primera clase; quien lleva treinta años enseñando y continúa buscando una mejor manera de hacerlo; quien supervisa estudiantes en un centro de salud; y, por supuesto, quien ocupa el lugar más importante de cualquier sistema educativo: la alumna o el alumno que está aprendiendo.
Porque el liderazgo educativo no depende exclusivamente del cargo que aparece en un nombramiento.
También existe liderazgo cuando un docente cambia una pregunta y consigue que sus estudiantes piensen de otra manera. Cuando un estudiante deja de estudiar solamente para aprobar y comienza a aprender para resolver problemas. Cuando una escuela se atreve a revisar una tradición porque descubre que existe una forma mejor de enseñar. O cuando una comunidad deja de ser considerada simplemente un “campo de práctica” y comienza a participar como protagonista del proceso formativo.
Ése será el espíritu de este espacio.
No buscar recetas educativas universales, porque probablemente no existen. Sí buscar evidencia, experiencias, preguntas y herramientas que nos permitan tomar mejores decisiones.
Algunas semanas hablaremos de grandes transformaciones. Otras, de algo aparentemente pequeño: cómo formular una buena pregunta, cómo dar retroalimentación, cómo diseñar una actividad, cómo evaluar una competencia o por qué ciertas formas de estudiar funcionan mejor que otras.
Pero siempre intentaremos terminar con la misma inquietud:
¿Qué podemos hacer diferente la próxima vez que enseñemos o aprendamos?
Porque quizá la educación en salud tenga finalmente un propósito mucho más profundo que aprobar asignaturas, completar créditos o entregar títulos.
Educamos para que alguien, algún día, frente a una persona, una familia o una comunidad que necesite ayuda, sepa qué hacer, pueda hacerlo y comprenda por qué importa.
Cada semana hablaremos de cómo conseguirlo.
Bienvenidas y bienvenidos a Educacion en Salud, educar para cuidar mejor.